Cenando una pinta de Guinness y un café irlandés, escuchando Ronan Hardiman, leyendo Ulysses –con el objetivo de comprender el Bloomsday– y vistiendo una camiseta que dice There’s no place like home, Ireland. Así empecé anoche la larga espera en el aeropuerto.

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Dudo mucho que de haber emigrado a otro país hubiera abrazado de tal manera su cultura. En Málaga recibí una colleja por gravitar hacia el pub irlandés de allí. Esta mañana la azafata del mostrador de facturación de llamó valiente al ver el libro que estaba leyendo, ella –siendo irlandesa– se rindió al segundo intento.

Esta isla y su cultura tienen algo… que te abraza y se te cuela en las venas. Y no me refiero sólo al alcohol :-D